La comunicación humana: breve historia y desafíos
"(...) la menor articulación de mi mano
puede humillar a todas las máquinas (...)".
Hojas de hierba
Walt Whitman
“Qué buena tarde pasé ayer,
me la pasé llorando”.
José Lezama Lima
Estamos en un momento de la historia que a muchos les da temor, por el auge vertiginoso del desarrollo de la inteligencia artificial (IA). Pienso que dicho desarrollo es una demostración de lo que el hombre como especie desde tiempos remotos es capaz de hacer y desarrollar.
El mundo de la informática tuvo un inicio bastante lento. Yo recuerdo ver a mi madre en los años 60 llegar a casa con unas tarjetas perforadas que se acoplaban a una especie de tambor que, al girar, codificaba información. Era para un curso de automatización IBM el uso de aquellas tarjetas. A lo largo de algunas décadas, la informática marchaba de espaldas a las empresas y al mundo de la investigación; en todo caso, de una manera en la que no tenía visibilidad.
Hay algo profundamente humano en querer o desear delegar el pensamiento. No por pereza, sino, quizá, por ambición: siempre hemos querido ir más lejos, más rápido, con menos error. La historia de la informática puede ser vista como la historia de ese deseo.
Antes de hablar de ordenadores, hay que hablar de la necesidad que los creó. Las civilizaciones antiguas —sumerios, egipcios, griegos— desarrollaron herramientas para contar: el ábaco, las tablas de arcilla, los algoritmos de Al-Juarismi (S. IX), de cuyo nombre persa, al-Khwarizmi, viene la palabra "algoritmo", que eran y son procedimientos sistemáticos para resolver problemas. Contar era poder y muchas veces, con mayor precisión, supervivencia.
En el siglo XVII, Blaise Pascal construyó la Pascalina (1642), una máquina mecánica capaz de sumar y restar. Leibniz la mejoró décadas después para multiplicar y dividir. Eran juguetes de élite, pero sembraron una idea radical: una máquina puede razonar.
Charles Babbage diseñó en la década de 1830 la Máquina Analítica, un artefacto mecánico conceptualmente equivalente a un ordenador moderno: tenía entrada de datos, memoria, procesador y salida. Nunca se terminó de construir por falta de financiación y precisión mecánica.
Pero quien entendió su verdadero potencial fue Ada Lovelace, matemática e hija del poeta Byron. En 1843, escribió lo que hoy se considera el primer algoritmo diseñado para ser ejecutado por una máquina. Ada también fue la primera en intuir que estas máquinas podrían ir más allá de los números: música, gráficos, cualquier cosa representable en símbolos. Tenía razón, pero el mundo tardó un siglo en alcanzarla.
Las dos guerras mundiales son el momento más incómodo —y quizá el más honesto— de esta breve crónica. La urgencia bélica aceleró la informática de un modo que ningún laboratorio académico habría logrado en tiempo de paz. Ejemplo de ello fue la invención de la llamada Máquina de Turing (1936), un modelo teórico que definía qué significa "computar", básicamente descifrar sistemas de cifrado.
En Estados Unidos se desarrolló el ENIAC, Electronic Numerical Integrator and Computer (1945), el primer ordenador electrónico de propósito general, financiado por el ejército para calcular trayectorias balísticas. Pesaba 27 toneladas. Sus principales programadoras —seis mujeres conocidas como las "ENIAC Girls"— fueron durante décadas ignoradas por la historia oficial.
Una verdad incómoda es que la informática nació y, sobre todo, se desarrolló más con objetivos militares que humanísticos.
Las bibliotecas: el primer sistema de gestión del conocimiento
Antes de que existiera cualquier ordenador, ya existía un problema de información: demasiado conocimiento acumulado para que una sola mente lo abarcara. Las bibliotecas fueron la primera respuesta civilizada a ese problema, y su historia milenaria es inseparable de la historia de la comunicación humana.
La automatización llegó a las bibliotecas antes de lo que muchos imaginan. En 1936, la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos comenzó a usar tarjetas perforadas para la gestión de préstamos. En 1965, ese mismo organismo lanzó el proyecto MARC (Machine-Readable Cataloging), el primer estándar que permitiría codificar registros bibliográficos en formato legible por máquina. MARC sigue siendo la columna vertebral de la catalogación internacional, aunque hoy empieza a ceder terreno a nuevos modelos. En 1967 nació la OCLC (Online Computer Library Center), la primera red cooperativa de catalogación compartida: en lugar de que cada biblioteca catalogara cada libro de forma independiente, los registros circulaban entre instituciones. Fue, en cierto sentido, un protocolo de red antes de que existiera internet.
Pero automatizar no es lo mismo que comprender. Y aquí reside algo que la historia de la informática ha tardado décadas en reconocer: el bibliotecario no es un índice humano. Es un intérprete. Cuando un investigador llega con una pregunta imprecisa, a menudo sin saber exactamente lo que busca, el bibliotecario realiza lo que hoy llamaríamos búsqueda semántica: interpreta la intención detrás de las palabras, conecta conceptos que el usuario no ha vinculado, y guía hacia fuentes que ningún algoritmo de palabras clave habría sugerido. Ese proceso requiere conocer la colección en profundidad, entender el contexto de la investigación y, en muchos casos, décadas de experiencia acumulada.
La inteligencia artificial empieza ahora a aproximarse a esa capacidad. Los modelos de lenguaje actuales son, en parte, un intento de replicar exactamente eso: la comprensión del significado por encima de la forma. Que lo estén consiguiendo con cierta eficacia no es un triunfo sobre las bibliotecas, sino una confirmación tardía de que los bibliotecarios llevaban razón desde siempre: lo que importa no es almacenar información, sino saber encontrarla. El reto para las próximas décadas no es reemplazar al bibliotecario, sino entender qué pierde la humanidad si lo hace.
En 1969, el Departamento de Defensa de EEUU financió ARPANET (Advanced Research Projects Agency Network), la red que conectó por primera vez varios ordenadores universitarios y militares entre sí. Nació pensada para sobrevivir a un ataque nuclear —la información debía poder circular aunque algunos nodos fueran destruidos—. Esa arquitectura descentralizada es la misma que hoy sostiene internet. De nuevo, su origen militar es innegable.
El gran salto cultural ocurrió cuando los ordenadores dejaron de ser patrimonio de gobiernos y corporaciones. En 1971, Intel lanzó el primer microprocesador comercial. En 1975, Bill Gates y Paul Allen fundaron Microsoft. En 1976, Steve Jobs y Steve Wozniak lanzaron Apple.
En 1981, IBM lanzó su PC (Personal Computer), y Microsoft proveyó el sistema operativo. La combinación fue explosiva. En 1984, Apple presentó el Macintosh con interfaz gráfica —ratón incluido—, democratizando el acceso para quienes no sabían programar.
En esta década también surgió GNU (1983) de Richard Stallman, el movimiento del software libre, que planteó una pregunta filosófica que sigue vigente: ¿a quién pertenece el código que sostiene la sociedad?
Internet lo cambia todo
En 1991, Tim Berners-Lee lanzó la World Wide Web, un sistema de documentos interconectados sobre internet. Era investigador del CERN (Conseil Européen pour la Recherche Nucléaire), y lo hizo sin patentarlo. Ese gesto —posiblemente el más generoso de la historia tecnológica— cambió la civilización.
En pocos años llegaron los buscadores (Yahoo, luego Google en 1998), el correo electrónico masivo, el comercio electrónico (Amazon, 1994; eBay, 1995). En 2004, Facebook inauguró la era de las redes sociales. El mundo empezó a vivir en dos planos simultáneos: el físico y el digital.
Creo que fue en 1995 que una compañera de clases en la universidad me dijo: “Me compré una computadora”. Y comenzamos a hablar del precio, de qué se podía hacer. Al poco tiempo yo también compré una. El sistema operativo era MS-DOS y el procesador de textos era WordStar 4. No teníamos “mouse” y para colocar acentos teníamos que pulsar en secuencia 6 o 7 dígitos. Mi máquina manual de escribir pasó a la historia como un objeto de museo; el sonido articulado de sus teclas, como las de un piano, guardó entonces silencio para siempre.
Los móviles: el ordenador en el bolsillo
En enero de 2007, Steve Jobs presentó el iPhone. No inventó el smartphone, pero redefinió la categoría. De repente, un ordenador con acceso permanente a internet cabía en cualquier bolsillo. Esto tuvo consecuencias que aún estamos digiriendo.
El volumen de datos generados creció de forma exponencial. Las grandes plataformas —Google, Facebook, Amazon— descubrieron que esos datos eran extraordinariamente valiosos para espiar nuestra vida, predecir comportamientos y vender publicidad. Nació el modelo de negocio que hoy conocemos como capitalismo de vigilancia, término acuñado por la socióloga Shoshana Zuboff.
En paralelo, algo estaba ocurriendo en los laboratorios de investigación: las redes neuronales artificiales, una idea con décadas de historia pero largamente abandonada, empezaba a dar resultados sorprendentes gracias a tres factores combinados: más datos, más potencia de cálculo y mejores algoritmos.
El despertar de la inteligencia artificial
En 2012, un equipo de la Universidad de Toronto liderado por Geoffrey Hinton ganó el concurso ImageNet con una red neuronal profunda (deep learning) que superaba a todos los sistemas anteriores en reconocimiento de imágenes. Fue el momento en que la comunidad científica comprendió que algo había cambiado.
A partir de ahí, la aceleración fue vertiginosa:
• 2016: AlphaGo (DeepMind/Google) derrotó al campeón mundial de Go, un juego que se creía fuera del alcance de las máquinas durante décadas más.
• 2017: Investigadores de Google publicaron el paper "Attention Is All You Need", presentando la arquitectura Transformer. Sobre esa base se construirían todos los grandes modelos de lenguaje que conocemos hoy.
• 2020: OpenAI lanzó GPT-3, un modelo capaz de generar texto coherente y útil en casi cualquier contexto.
• Noviembre de 2022: OpenAI lanzó ChatGPT. En cinco días tenía un millón de usuarios. En dos meses, cien millones. Ningún producto tecnológico había crecido tan rápido en la historia.
El presente: lo que sabemos y lo que no queremos mirar
Hoy existen modelos de lenguaje -GPT-4, Claude, Gemini, Llama- capaces de razonar, programar, traducir, escribir, analizar imágenes y mantener conversaciones complejas. No son conscientes: no tienen experiencias subjetivas, no sienten. Pero hacen cosas que hace cinco años se consideraban exclusivamente humanas.
Lo que debemos mirar sin apartar la vista:
El poder está muy concentrado. Un puñado de empresas privadas americanas —OpenAI, Google, Meta, Anthropic, Microsoft— y chinas —Baidu, Alibaba, Huawei— controlan los modelos más capaces. Los estados, las naciones, van por detrás en regulación.
Las implicaciones militares son reales. La IA ya se usa en sistemas de vigilancia masiva, análisis de inteligencia, drones autónomos y ciberseguridad ofensiva. El debate sobre armas autónomas letales (sistemas que deciden matar sin intervención humana) está en curso en Naciones Unidas, sin consenso.
El mercado laboral va a cambiar. No todos los empleos desaparecerán, pero muchos se transformarán. Los más afectados en el corto plazo no son los trabajos manuales, sino los cognitivos y creativos de nivel medio: redacción, análisis básico, atención al cliente, programación rutinaria. Las profesiones no van a desaparecer, se van a transformar.
La desinformación se ha vuelto industrial. Los modelos generativos permiten producir texto, imagen, audio y vídeo falsos con una facilidad y calidad sin precedentes. Las elecciones, la salud pública y el periodismo son vectores de riesgo inmediato.
El futuro inmediato: lo que podemos anticipar
En los próximos tres a cinco años, con razonable certeza:
• Los agentes de IA —sistemas que no solo responden, sino que actúan de forma autónoma en nombre del usuario— se incorporarán a flujos de trabajo profesionales. Esto ya está ocurriendo hoy, mayo de 2026.
• La IA multimodal (texto, imagen, audio, vídeo, código, todo integrado) será el estándar, no la excepción.
• La batalla regulatoria definirá qué tipo de IA podemos usar y quién la controla. La Ley de IA de la Unión Europea es el intento más ambicioso hasta la fecha; su efectividad está por verse.
• Los modelos de lenguaje serán cada vez más pequeños y eficientes, corriendo en dispositivos locales sin necesidad de la nube. Eso mejora la privacidad y reduce el monopolio de las grandes plataformas.
• La pregunta sobre quién es responsable cuando una IA comete un error -o un crimen- seguirá sin respuesta clara.
Somos la bisagra
Vivimos en el momento en que la humanidad transfiere por primera vez capacidades cognitivas complejas a sistemas no biológicos a escala masiva. No es el fin del mundo ni la utopía prometida. Es, simplemente, el siguiente capítulo de una historia que comenzó con un ábaco y una tablilla de arcilla.
Lo que hagamos en los próximos diez años —cómo regulemos, cómo distribuyamos los beneficios, qué líneas decidimos no cruzar— determinará si esta tecnología amplificará lo mejor de nosotros o lo peor.
La historia no está escrita. Pero, a diferencia de Ada Lovelace, nosotros sí vamos a verla.
Una preocupación que me asalta es la desigualdad de condiciones actuales y el sistema educativo, sobre todo de cara al futuro. Sobre el primer aspecto, no sé si todos los seres humanos tienen la capacidad y los medios para poder transformar su oficio y, por ende, su actividad laboral. Sobre el segundo aspecto, el sistema educativo: Yo me eduqué y trabajé de forma manual hasta que estaba en la universidad. En la Biblioteca Nacional de Venezuela, donde trabajé por 17 años, sí había sistemas computarizados y de automatización, pero hacíamos lo que se llama catalogación original, es decir, hacíamos manualmente la descripción de lo que teníamos en la mano.
A través de mi experiencia podría alimentar modelos de IA, pero pensemos en las generaciones actuales que no tienen ese entrenamiento manual, pues hay que conocer los procedimientos y los resultados óptimos para poder supervisar y aprobar resultados excelentes. A veces tengo la impresión de que las universidades no quieren enterarse y siguen en su línea como si nada. Yo no soy experto en modelos educativos, pero salta a la vista que hacen falta medidas urgentes para afrontar, a la altura de la situación, los retos que, en carne viva, reclaman nuestra atención.
IA y la energía libre
Oigo con frecuencia a algunas personas que dicen que no usan, ni van a usar la IA porque gasta demasiada energía y no quieren sentir culpa por ello. Para mí es disponer de herramientas valiosas y negarse expresamente a utilizarlas. Es cierto que los recintos donde se trabaja con los modelos de IA consumen mucha energía y cada vez consumen más. Este aspecto energético ha sido visualizado por otros que ven con urgencia el desarrollo de energías renovables que nos ayuden a mantener el desarrollo de los modelos de una forma sostenible. La IA podría disponer de energía ilimitada y ponerla al servicio de la humanidad. ¿Qué tiene que ocurrir? ¿Cuánto tiempo más es necesario esperar?
En la antesala del primer Renacimiento, veníamos del supuesto oscurantismo de la Edad Media. Este movimiento puso al hombre nuevamente en el centro, reunió todos los oficios y nació la ópera; entre otras manifestaciones, esa época quedó marcada por un refinamiento en todas las áreas. El nuevo Renacimiento será diferente y estará perfectamente diferenciado, entre otras, gracias a la IA, que le ahorrará tiempo, que le quitará el trabajo pesado, para centrarnos en los valores que nos son intrínsecos e insustituibles.
A manera de cierre
Como reflexión, quisiera decir que, lejos de lo que algunos ven como una condena, creo que nos enfrentamos a una era que, al propio tiempo en que la IA acelere los procesos en los que antaño invertíamos mucho tiempo, dará paso a un humanismo integral renovado. Todo lo humano cobrará un nuevo significado. El hombre debe y tiene que ocupar nuevamente el centro. Las cosas hechas por nosotros desde el arte, así como todo aquello ideado y creado directamente por nuestras manos, tendrá por fuerza que retomar su verdadera dimensión, su verdadero valor.
La historia tecnológica no elimina lo humano, lo desplaza hacia zonas más esencialmente humanas. La imprenta no mató la reflexión, la multiplicó. La calculadora no eliminó a los matemáticos, los liberó de tareas para encarar problemas más profundos. Puede estar pasando algo similar ahora.
Debemos perder el miedo y tomar en nuestras manos el control de la IA. Es nuestra gran tarea impedir que la historia recorra otras páginas, para que sean las de nuestros más elevados rasgos de sabiduría, amor, fraternidad y solidaridad para con nuestro entorno y para con nuestros semejantes.
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Bibliografía
Historia de la informática
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Haigh, Thomas y Ceruzzi, Paul E. A New History of Modern Computing. Cambridge (Massachusetts): MIT Press, 2021. ISBN: 978-0-262-54414-6. (Actualización y revisión del anterior.)
Alan Turing
Hodges, Andrew. Alan Turing: The Enigma. Nueva York: Simon & Schuster, 1983. (Reeditado por Princeton University Press, 2014. ISBN: 978-0-691-16472-4.)
Internet y la Web
Hafner, Katie y Lyon, Matthew. Where Wizards Stay Up Late: The Origins of the Internet. Nueva York: Simon & Schuster / Touchstone, 1996. ISBN: 978-0-684-87216-2.
Berners-Lee, Tim. Weaving the Web: The Original Design and Ultimate Destiny of the World Wide Web. Nueva York: HarperCollins, 1999. ISBN: 978-0-062-51587-2.
Capitalismo digital y poder tecnológico
Zuboff, Shoshana. The Age of Surveillance Capitalism: The Fight for a Human Future at the New Frontier of Power. Nueva York: PublicAffairs, 2019. ISBN: 978-1-610-39569-4.
Inteligencia artificial
Russell, Stuart J. y Norvig, Peter. Artificial Intelligence: A Modern Approach. 4.ª ed. Hoboken (Nueva Jersey): Pearson, 2021. ISBN: 978-0-134-61099-3. (El manual de referencia académica más usado en el mundo; más de 1.500 universidades en 128 países.)
Artículo científico fundacional (arquitectura Transformer)
Vaswani, Ashish et al. "Attention Is All You Need." arXiv, 12 de junio de 2017. arXiv:1706.03762. Disponible en: https://arxiv.org/abs/1706.03762
Bibliotecas y automatización en Venezuela
"Automatización de las bibliotecas." Bibliofep / Fundación Empresas Polar, Diccionario de Historia de Venezuela. Disponible en: https://bibliofep.fundacionempresaspolar.org/dhv/entradas/b/bibliotecas/
